ISQUITIPE Boletín independiente adherido a Aproasbaires- Asociación para la protección del ambiente serrano- Buenos Aires-Argentina.
Número 67 Mayo del 2007
Isquitipe: voz sanavirona que significa cañada. Así se denominaba el pueblo de Río Ceballos, Provincia de Córdoba.
Reflexiones de este mes de Mayo

CÓMO SER UN BUEN PADRE DE LA PATRIA O EL OFICIO DEL CAGATINTA
¡paz a los bravos en su tumba!
Tomás Guido

A lo mejor Ud. es actualmente padre o madre. Convendrá conmigo en que no siempre es una tarea fácil. Además, a veces estamos preparado para hacer un buen papel y otras somos arrastrados por las circunstancias y sólo logramos un mediocre efecto.
Creo que mucho más le cabe a los llamados “padres de la Patria”. ¿Ud. cree que la Patria tiene padres? ¿y por qué no madres?.
Yo creo que le llamamos padres a los fundadores, a los que consagraron su vida al servicio público, al bienestar de todos. En algunos casos son patriotas indiscutibles y en otros no tanto. Muchos de ellos han construido verdaderas obras que perduran, materiales o espirituales, al lado de la cual se exponen , en algunos casos, errores monumentales.
Me gusta pensar que el balance final de la vida es la cantidad de errores que hemos cometido; porque la verdad, todos los cometemos en mayor o menor grado. Y otro elemento es el sufrimiento innecesario que les han causado a los que, como ellos compartieron su propio tiempo histórico.
Hay errores difíciles de entender y perdonar porque tienen que ver con interferir en la vida ajena, ya sea con el asesinato o el sufrimiento infligido a los demás. En este caso el perdón no llega; decimos que la justicia es una forma de perdón, pero la justicia humana, es una reparación necesaria, aunque insuficiente. Y hay algunos, como es mi caso, que creemos que más allá de la justicia humana, hay otra justicia meta humana que valora nuestras acciones.
¿De donde viene la preocupación que reflejan estas palabras?

Uds han visto que es costumbre de algunos autores de denostar las personas vivas o muertas considerándose jueces o, peor aún, considerándose una especie de ejemplo de vida ante el cual “ los otros”, los “criticados” no tienen alternativas, ni un lugar digno. Entonces están los mitristas contra los urquicistas, los alberdianos contra los sarmientinos, de manera que todo es una batalla de posturas irreconciliables, donde nada del actuar de estas personas se suma, como es factible de entender históricamente, sino que todo se resta. En la práctica docente hemos visto esos textos con referencias de tipo subjetivo donde, más allá de las muertes y los muertos, se siguen librando batallas.
Hay aquí una valoración plagada de elementos emocionales: algo que habla de purificación , de valores puros , una especie de rescate de algún valor perdido. Es también un juicio poco desarrollado que cree que la vida se parece a los esquemas, a las reducciones fáciles de los buenos y los malos, invenciones de cuentos para consumo de niños ingenuos.
A veces nos sorprendemos con qué facilidad los autores valoran o denuestan las acciones de nuestros antepasados, a veces por el simple hecho de la crítica misma, vulnerando ese respeto que le debemos. Algunos lo hacen con verdadera saña, como queriendo poner las cosas en su lugar ¡Qué omnipotente que nos podemos sentir , a veces! No es que no se pueda valorar su vida, aunque también hay que ver con arreglo a qué valores se los juzga. Muchos quieren confrontar los actos de los fundadores, separándolos del tiempo que les toco vivir y entonces lo que obtienen es una sobrevaloración de los errores de su vida. Si comparamos el pasado con el futuro y los superponemos, no hay pasado que resista.…..

Honrar a los muertos, honrar a los antepasados es un ritual tan antiguo como el hombre mismo. Está muy presente en las culturas originarias de América y, cuando se refieren a ello, lo hacen con respeto y unción. Es que la muerte, ese momento supremo de cada vida, nos iguala en nuestra condición, entramos en otro plano, nos volvemos menos eficaces con lo material, nos volvemos puro espíritu.
Yo quiero rescatar ese respeto que le debemos a nuestros muertos, que no es un sentimiento que nos despoja, sino que nos nutre, porque aprendemos de sus vidas y nos intentamos explicar las causas de las suyas, lo que los hizo triunfar o fracasar.
El que se sienta a escribir tiene el poder del escriba. Es muy sencillo con un lápiz en la mano ejercer ese poder que da la prensa escrita y con ello denostar la obra de vida de un antepasado. Y con ello influir en la mente de los lectores actuales, ayudando a oscurecer en lugar de aclarar.

Al ejercicio irresponsable del poder que da el lápiz del escritor le llamo “el oficio del cagatinta”, porque huele mal, porque no alimenta, no nutre, no pone las cosas en claro, sino que ejerce un nefasto efecto en las mentes poco preparadas, que no esperan que le mintamos, ni que le levantemos íconos, pero si espera que respetemos lo hecho por nuestros antepasados, aún los errores cometidos, de los cuales deberíamos aprender, y en ese sentido bien podían ser una contribución de ellos.
Es mucho más fácil escribir de lo que hicieron otros, que hacer lo que hicieron otros; o sea que el cagatinta cuenta con esta ventaja, que no pasa frío ni privaciones, porque está cómodamente sentado frente a su ordenador.
El cagatinta de los hechos históricos tiene otra ventaja además: habla de los muertos, de los que no se pueden defender por sí mismos.
Quizás el objetivo de este trabajo sea solamente este consejo: la moderación, el respeto necesario de nuestros muertos. Que cuando los juzguemos, los juzguemos con indulgencia, porque juzgar es lo más difícil y quizás ese juicio ni nos corresponda verdaderamente a nosotros. Cuando juzgamos con indulgencia estamos aprendiendo a perdonar; cuando perdonamos estamos practicando el viejo oficio del amor, estamos ejerciendo lo que es verdaderamente esencia de la vida de todos nosotros.
Cuando no aceptamos nuestro pasado integro, tal como fue, es que no estamos aceptando el presente. Quizás esto último sea la causa de lo primero. Cuando no aceptamos íntegramente a nuestros antepasados, no aceptamos a nuestros viejos, los viejos sabios, los que nos pueden enseñar lo aquilatado por la experiencia. Quizás esta sea una parte de la explicación de porqué tratamos tan mal a nuestros viejos-los jubilados, los abuelos arrumbados en la pieza del fondo o en el último de los geriátricos-

Les obligamos a vivir tan mal a nuestros viejos que han trabajado para legarnos el mundo del presente.

Hagamos del respeto una conducta de vida, aunque se trate de la persona que creemos, menos se lo merece.

Al respetarlo, estamos respetándonos a nosotros mismos.


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